Somos un Movimiento Internacional dentro de la Iglesia Católica, en la búsqueda de Justicia e igualdad para mujeres y hombres en la inclusividad según la propuesta de Jesús de Nazaret

Escrito por  Jesus Martinez Gordo , el 18 de Octubre, 2017

Si es incuestionable, como regla general de la comunicación eclesial, que no tiene hijo las decisiones unilaterales, también lo es la defensa de un modelo presbiteral, al precio de condenar a la desaparición a muchas comunidades. Por eso, conviene reconocer que cuando los colectivos cristianos siguen proponiendo la presidencia extraordinaria de la comunidad europea y de la comunidad por laicos o cuando el gobierno eclesial defiende una capa y espada una determinada manera de sacerdocio ministerial como “el” modelo indiscutible, es evidente que peligran la unidad en la fe y la comunión. Y, como consecuencia de ello, no solo desaparecen comunidades, sino que también se resiente la catolicidad. Esta -como la unidad y la comunidad, ciertamente, responsabilidad de todos los bautizados, pero,

La propuesta, hace unos años, de los dominicos en Holanda (2007) y de tres trescientos en Austria (2011) defendiendo la presidencia de la eucaristía por laicos en comunidades que cuidaban el presbítero desde hace mucho tiempo son dos preocupantes señales de que el equilibrio -creativo y plural- de lo “católico” viene emitiendo señales de fatiga. Y no sólo por la posible carga de unilateralidad que encierran estos dos hechos, sino también por la defensa de un modelo de presímetro que presenta síntomas de agotamiento y que, en su institucionalización actual, podría coexistir perfectamente con otros.

Este es el espíritu y el contexto desde el futuro que recupera el debate teológico sobre la posibilidad de que los laicos presiden la eucaristía y la comunidad cristiana en circunstancias excepcionales. Es, como se indica, una propuesta “excepcional” que tiene cabida en la invitación, formulada en su día por el papa Francisco, un estudio nuevas formas “normalizadas” de sacerdocio ministerial que responde a las necesidades de las comunidades. Semejante posibilidad “excepcional” no solo debería estar teológicamente fundamentado, sino también sobre todo, ser una decisión eclesialmente consensuada que, adoptada por el obispo de Roma en comunión con los sucesos de los apóstoles, específica las circunstancias y condiciones en las que soy una conexión activa Se trata, como se puede apreciar,

Ello no obsta para que se recuperen algunas de las contribuciones a las teorías más interesantes cuando se hablaba de la Constitución para la Doctrina de la Fe en las formulaciones Propuestas por H. Küng y L. Boff; pero no, de las argumentaciones aportadas por W. Kasper, Y. – M. Congar, C. Vogel, C. Vagaggini, P. Grelot, P. – R. Tragan y J. Dupont.

Concretamente, estos tres últimos desautorizaron la consistencia escriturística invocada por H. Küng cuando propuso y defendió la posibilidad: es -sostenía, P.Grelot- una especulación defensora del fundamento solo carismático del ministerio “eucarístico”, la palabra exclusivamente a los dones o las personas mociones interiores del Espíritu y sin intervención del apóstol Pablo. Exegéticamente, hay que decantarse, más bien, por la hipótesis contraria, es decir, un favor de algún tipo de inversión como la imposición de manos o la designación pública por parte del apóstol. o, después de él, por los responsables en funciones) o la vinculación directa de la celebración eucarística con el “ministerio”, etcétera. Por tanto, no es consecuente al sacerdocio común de los campos que la viabilidad teológica de la cuestión planteada no gira sobre la condición sacerdotal de los bautizados, sino sobre su habilitación para el servicio de un servicio o ministerio: el de la presidencia de la eucaristía y de la comunidad. Y esto no es posible marginando la autoridad de Pablo, sus espaldas, su conocimiento o el hecho de que tenga cuentas de responsabilidad al apóstol fundador de la comunidad.

Sin embargo, esta crítica escriturística no quería decir que la propuesta careciera de fundamento teológico. Es lo que defendieron en su día, entre otros, W. Kasper, Y. M. Congar, C. Vogel, C. Vagaggini y el mismo P. Grelot. Y lo que aportan diferentes y complementarios argumentos al respecto.

Probablemente, una de las aportaciones más llamativas fue la misma del P. Grelot (1917-2009). En nuestros días, apuntó, se acrecienta la posibilidad de una presidencia “extraordinaria” de la eucaristía que crece el número de comunidades que no pueden celebrar la cena pascual, por falta de un orden ordenado. Estar en la situación, no es imprescindible encontrarse con un grupo de autores auténticos que decidan celebrar la eucaristía sin sacerdote. Son cristianos que toman esta decisión porque desean guardar la comunión con la Iglesia y los significantes significan el recuerdo de la muerte del Señor. Consecuentemente, eligen de entre ellos una persona que -habida cuenta de su capacidad para ser referencia de unidad- presiden la eucaristía (y la comunidad) por ausencia de un ministro ordenado.

¿Qué hay que pensar de esta decisión y de la eucaristía en estas condiciones? ¿Qué valor merece la función que desempeña este ministro improvisado y la celebración que preside?

Es necesario reconocer, señaló P. Grelot, que faltan algunos elementos necesarios para que pueda presentar “plenamente” la forma requerida. Pero también hay que reconocer que cuentos elementos no faltan por voluntad de los participantes, sino como consecuencia de una dificultad práctica que no es responsabilidad suya. Más aún, toma esta decisión con la firme voluntad de afirmar su unidad con la Iglesia en un estado que es precisamente su signo y realización. Y lo hacen como último recurso. No hay, por tanto, ninguna transgresión voluntaria del derecho ni tampoco deseo de afirmarse contra las autoridades eclesiales o fuera de ellas o intención de apropiarse de un poder sacramental que está más allá de sus capacidades. Existe, más bien, el deseo de caminar en comunión con la Iglesia.

Pues bien, si tiene el principio general del bien común de la Iglesia, tiene que reconocer la bondad y la consistencia de la decisión adoptada cuando se ha elegido -en circunstancias excepcionales- un ministro extraordinario de la eucaristía y de la comunidad. Evidentemente, reconocía P.Grelot, estamos en las antípodas de las celebraciones “salvajes” que pueden promover algunos grupos y el mar para afirmar su independencia ante los responsables eclesiales o el rechazo del ministerio ordenado tal y como está configurado en la actualidad. Nos encontramos, más bien, ante un caso de necesidad en la que la fe misma gravemente, corriéndose el riesgo de que acabe no necesitando la eucaristía y finalizar desapareciendo.

En una situación como la descrita, no es necesario recurrir al axioma de “ecclesia supplet” (por la perspectiva jurídica que entraña), sino al deseo de la Iglesia – cuerpo constituido y articulado sobre los ministerios pastorales – de participar en los sacramentos. No se trata de un problema jurídico, sino sacramental y espiritual. Estaría hablando de una situación similar a la de una comunidad de bautizados perseguidos ya que les resulta imposible acceder a la eucaristía. Nadie en esta comunidad tiene la certeza de que puede ceder el sacramento contando con la presidencia de un sacerdote. Por eso, nadie tiene la singularidad de la decisión tomada ni la negativa a la nocividad que se anida cuando se pretende normalizar esa decisión. Pero no se puede obviar que se trata de una decisión excepcional tomada en circunstancias extraordinarias, el discernimiento del jardín de los particulares concedidos por el Espíritu Santo a los fieles. Por eso, también era originario del presidente y presidente excepcional de estas eucaristías -igualmente excepcionales- se integrara -una vez verificada su idoneidad- en el presbiterio del que ha formado parte extraordinariamente.

Como es evidente, concluyó P. Grelot, en el caso propuesto se supone la existencia de una comunidad formada por campos instruidos, es decir, una comunidad no solo capaz de transmitir los fundamentos de la catequesis o de administrar el bautismo y practicar la caridad y la justicia, la competente para dirigir la oración común y la presidir una celebración eucarística, siendo consciente del carácter excepcional de su situación y de la decisión tomada. E, igualmente consciente, de hacer cualquier intento de “normalizar” esta decisión sería inaceptable.

http://iviva.org/los-laicos-presidentes-de-la-eucaristia-y-de-la-comunidad/

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