Somos un Movimiento Internacional dentro de la Iglesia Católica, en la búsqueda de Justicia e igualdad para mujeres y hombres en la inclusividad según la propuesta de Jesús de Nazaret

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En un principio no tuvimos confusión y para todas/os nos era claro, el sacerdocio común. Entendíamos que nos tocaba a todos los/as bautizados/as.

 

Cuántas veces no hemos cantado con toda el alma: “Pueblo de reyes, asamblea santa, Pueblo Sacerdotal”? Qué enunciado tan profundo, tan hermoso! Y lo hemos cantado muchas veces de una manera mecánica. De veras soy sacerdote? Tu eres sacerdote? No es sacerdote, únicamente quien dirige la liturgia de la Eucaristía. La Iglesia misma así nos lo ha enseñado y sostenido.

 

Cuál es la diferencia entonces, entre el sacerdocio de ellos y el de los laicos/as? Ellos y todos/as los/as laicos/as, hemos sido bautizados/as! Mujeres y hombres. El agua bautismal, ha sido igual para todas/os. El sacramento como tal ha sido y es igual para todas/os.

 

¿Por qué a las mujeres se nos mengua abruptamente del sacerdocio común-ministerial? Dándole solo relevancia al varón? Quien lo hizo, por qué lo hizo? Cuándo, dónde? Buenas preguntas.

 

Quién es la voz de la Iglesia? El Pueblo?

 

¿Dónde puede hablar el Pueblo, como Asamblea Santa, Pueblo Sacerdotal? Cuándo el Pueblo es consultado?

 

Cuándo el Pueblo, designa sus ministros para el servicio en la Iglesia, en la Comunidad?

 

Bien ha dicho Francisco recientemente: “Si tú, cura, no puedes ser misericordioso, dile a tu obispo que te dé un trabajo de administración” (1)

 

El  ser  sacerdote, para acompañar al Pueblo, es un llamado muy especial, de la Ruah que potencia el Bautismo, sin excluir mujeres y hombres. Si las mujeres estamos “excluidas” no es porque lo queramos, no nos hayamos interesado, o no lo hayamos buscado. Han sido normas sexistas dentro de la Jerarquía de los varones. Porque no es el Bautismo el que nos divide, margina y separa. Porque amamos nuestro Bautismo, porque amamos nuestra Iglesia, es que reclamamos en plenitud nuestro Bautismo. No todas, ni todos dentro del sacerdocio común, sienten ese llamado tan especial.

 

El sacerdocio no se enseña, el sacerdocio no se improvisa. El sacerdocio brota, nace, crece, se manifiesta.   El  Pueblo lo huele, sabe cuál y quién es el sacerdote que necesita.

 

El sacerdocio es más, es un don que no puede ser impuesto, o trasplantado. El sacerdote se empieza a perfilar como sacerdote, en la casa, en la familia, en el barrio, en su pueblo. Bajo el amparo de un hogar, con las abuelas, madre, tías, hermanos/as.

 

Es por la esencia de nuestro Bautismo, que todos/as los católicos estamos llamados a anunciar, predicar, ser profetas y sacerdotes. Pero, en la práctica, las mujeres no podemos predicar en la Iglesia, (ver Canon 767). No podemos pronunciar ninguna palabra profética, simplemente porque somos mujeres! Y menos podemos ejercer el sacerdocio ministerial-pastoral!

 

Sin embargo, la Historia está latente a pesar de los siglos! Ni Constantino, ni Diocleciano, ni Lactancio, ni Eusebio, la han podido borrar. (2)

 

A pesar del silencio impuesto, la marginación, constituciones y cánones, las mujeres hemos hablado: María la Madre de Jesús, se manifestó a través del Cántico del Magnifica! Son muchas mujeres las que quisiera nombrar, por su coraje y valentía. Mujeres que se subieron al púlpito de las catedrales y les hablaron a los Obispos y clero en general! Hildegarde von Bingen, (1098-1179), Catalina de Siena (1347-1380).

 

El sacerdocio común (LG10) en ningún momento, repele o es competencia del sacerdocio ministerial. Ambos tienen su origen en el Bautismo!

 

Cuando se ha entendido el sacerdocio común, se empieza a construir el sacerdocio ministerial. Es el Pueblo Sacerdotal, que gesta, sugiere, aprueba y pide, a quien necesita para el servicio del sacerdocio ministerial. (Mirar el Ritual Romano, para la Ordenación). Solo en el Rito para el Matrimonio, se pregunta a los asistentes: “si alguien tiene algo que decir, o sino calle para siempre”.  A esto es a lo que la alta Jerarquía le teme. El que los laicos desde su sacerdocio común, se empoderen y vivan el sentir de una Iglesia inclusiva, circular.

 

El sacerdocio ministerial, no tiene por qué oscurecer al sacerdocio común, no tiene por qué limitarlo, marginarlo u  olvidarlo.

 

Que es que desde el “sacerdocio común” se está impulsando el sacerdocio de la mujer. Que es que desde el “sacerdocio común” se está clericalizando al laico. No voy a entrar a comentar esa banalidad, pero si la dejo latente para quien la quiera retomar.

 

Haciendo un poco de memoria esto no ocurría en el pasado, ya que el Pueblo al referirse al sacerdocio, nos referíamos al sacerdocio de los sacerdotes, pero a partir de Vaticano II (GS10) descubrimos que el sacerdocio nos atañe a todos/as por el Bautismo invitado todos/as a ejércelo de manera más consciente y responsables.  Las confusiones mayores fueron apareciendo después del Sínodo 1972.

 

Ha sido tal la confusión tan confusa que han presentado ciertos personajes, llegando hasta pretender desaparecer el sacerdocio común o viceversa. Ambos son importantes y relevantes. Y, menos pretender “desaclericalizar” la Iglesia. Que por supuesto no es lo mismo que decir: “no al clericalismo”. Por querer acabar con el sacerdocio común se habla de no clericalizar a los laicos. Al sacerdocio ministerial se le dice: “no al clericalismo” sobre todo a aquel exagerado hábito talar.

 

Hay un refrán que nos puede ayudar en esta confusión: “ni tanto que queme al santo y ni tanto que no lo alumbre”. Lo más importante que “huelan a oveja” y a oveja pueden oler perfectamente los dos, sin entrar en contradicción de olores.

 

Tanto ser el sacerdocio común, como el sacerdocio ministerial, se nos presenta en toda su grandeza y humildad, ya que no ejercen por si mismos un servicio al pueblo de la Divinidad, sin la presencia Divina:

 

“Porque allí donde dos o tres de ustedes

se reúnan en mi nombre, allí estaré yo”.

Mateo 18:20

 

Qué grande es la presencia de Dios, que nos une y aminora toda separación o división, que pretenda alejarnos de su presencia divina!

 

Oh Dios, gracias, te Amo!

 

 

*Presbitera católica

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